domingo 29 de junio de 2008

Perdido

Perder el paraguas, las llaves, la cartera o incluso el móvil. Perder a alguien conocido, querido o amado. Aunque es peor perderse. Estar perdido, sentirse en no se sabe donde. Llevada al extremo es una de las peores sensaciones que hay. Pero sin llegar a ser algo metafísico (lo cual desorienta, frena y deja sin iniciativa en la vida), perderse es siempre una mala experiencia.
Aunque parezca mentira hay quien se pierde cogiendo el autobús. Aún cuando llevan más de quince años viendo pasar los buses arriba y abajo, por la misma calle. Uno en una dirección y el otro en la otra. Pero a la hora de la verdad, las dudas, las prisas y la falta de atención permite el equívoco y una vez en el interior del vehiculo ya estás perdido.
En otras ocasiones te pierdes cuando vas andando. Sales de una estación en dirección a otra y pese a saber que lo primero que debes hacer es pasar un túnel, sigues caminando por la acera. A los pocos minutos, ya no encuentras referencias conocidas, no estás en el camino previsto. Estás perdido.
Y esto pasa por no estar acostumbrado a viajar en transporte público, a viajar con autonomía aunque sea en bicicleta. La comodidad de que nos lleven en coche acomoda, atonta. Te subes, te pones el cinturón y te despreocupas hasta que el vehiculo se para y te bajas. No te has fijado si derecha o izquierda, si autopista o carretera, uno o dos pueblos, ríos o montañas.
Y esto es generalizado en parte debido a la falta de oferta de transporte. Casi dos horas puedes tardar en recorrer poco más de 50km siempre y cuando no sea en fin de semana, porque entonces puedes llegar a desesperar en la estación viendo que nunca llega tu tren. Y en caso de conseguir llegar a tu destino, no te retrases mucho, porque trenes y autobuses dejan de circular antes de las diez de la noche. Algo que aunque increíble hemos aceptado y asumido.
Aprender a no perderse en estas situaciones puede a veces ser más satisfactorio que la mayor de las victorias deportivas. Y el deporte para esto también puede ayudar.

miércoles 4 de junio de 2008

Sin expresividad

Sorprendente al principio, misterioso después e interesante siempre. Es bien sabido que la ‘cara es el espejo del alma’ y que las personas dedicamos muchos esfuerzos a ocultar nuestros sentimientos. Ella no lo debe hacer. Es inexpresiva. Su rostro no refleja ningún tipo de sentimiento ni pensamiento, si es que los tiene. Siempre es la misma cara, los mismos movimientos temblorosos en el hocico, la mirada pérdida y las orejas expectantes ante cualquier sonido. Todo igual. Después de estar horas tumbadas o recién llegada de una rápida carrera, no cambia. No tiene la necesidad de expresar o simplemente no tiene la capacidad de hacerlo con el rostro. Sus movimientos, sus actitudes, sí varían según el momento y permiten mantener una mínima comunicación. Algo verdaderamente enigmático y gratificante.

Pero quizá de todo esto lo que más me llama la atención es la calma, el sosiego, la paz aparente que transmite. Da igual que tú estés realmente feliz, o que no dejes de moverte porque algo te preocupa, ella salta a tu lado, levanta la cabeza, te mira, y como si no hubiese entorno a su alrededor, te brinda ese gesto inexpresivo, benevolente, sereno, reposado. Algo maravilloso que te llega como una mesura, como una pauta que te ayuda a no vivir en los extremos, a volver al término medio, a relativizar lo bueno y lo malo. A la calma.