Sorprendente al principio, misterioso después e interesante siempre. Es bien sabido que la ‘cara es el espejo del alma’ y que las personas dedicamos muchos esfuerzos a ocultar nuestros sentimientos. Ella no lo debe hacer. Es inexpresiva. Su rostro no refleja ningún tipo de sentimiento ni pensamiento, si es que los tiene. Siempre es la misma cara, los mismos movimientos temblorosos en el hocico, la mirada pérdida y las orejas expectantes ante cualquier sonido. Todo igual. Después de estar horas tumbadas o recién llegada de una rápida carrera, no cambia. No tiene la necesidad de expresar o simplemente no tiene la capacidad de hacerlo con el rostro. Sus movimientos, sus actitudes, sí varían según el momento y permiten mantener una mínima comunicación. Algo verdaderamente enigmático y gratificante.Pero quizá de todo esto lo que más me llama la atención es la calma, el sosiego, la paz aparente que transmite. Da igual que tú estés realmente feliz, o que no dejes de moverte porque algo te preocupa, ella salta a tu lado, levanta la cabeza, te mira, y como si no hubiese entorno a su alrededor, te brinda ese gesto inexpresivo, benevolente, sereno, reposado. Algo maravilloso que te llega como una mesura, como una pauta que te ayuda a no vivir en los extremos, a volver al término medio, a relativizar lo bueno y lo malo. A la calma.
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